

Una caldera eléctrica transforma la electricidad en calor mediante resistencias sumergidas en el circuito hidráulico. El rendimiento de conversión es prácticamente del 100% en el punto de uso, ya que no hay combustión ni chimenea. En cambio, las calderas de gas natural requieren toma de gas, evacuación de humos, aportación de aire de combustión y controles específicos de seguridad.
La instalación eléctrica debe dimensionarse para la potencia de la caldera (p. ej., 6, 9 o 12 kW). Esto implica disponer de línea dedicada, protecciones magnetotérmicas y diferenciales adecuados, y, en ocasiones, aumento de potencia contratada. La hidráulica es similar en ambos casos: bomba de circulación, vaso de expansión, purgadores y válvulas de seguridad. En radiadores tradicionales la caldera puede trabajar a 60-70 °C; con suelo radiante bastan 30-45 °C, lo que mejora el confort y el consumo.
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En términos de eficiencia de equipo, la caldera eléctrica convierte toda la electricidad en calor útil. Las de gas de condensación han mejorado notablemente y alcanzan altos rendimientos estacionales, pero siempre dependen de una combustión óptima y de la correcta evacuación de humos. Esta diferencia se traduce en menos puntos de fallo y en un control más lineal de la potencia en el caso eléctrico.
El coste de energía es el matiz clave. El kWh eléctrico suele ser más caro que el kWh de gas. Sin embargo, hay escenarios donde la electricidad compensa:
En seguridad y normativa, el sistema eléctrico simplifica los requisitos: no hay combustibles gaseosos ni riesgo de fugas. Además, el silencio de funcionamiento y la compacidad permiten ubicar la caldera en espacios pequeños. Por su parte, el gas natural mantiene ventajas en viviendas de alta demanda continua, especialmente si ya existe red de gas y la instalación está amortizada.
La huella de carbono depende del mix eléctrico. En España, la generación incorpora cada vez más renovables, lo que reduce las emisiones asociadas al uso de calderas eléctricas. En el gas, la intensidad de carbono es estable y está ligada al combustible. Por tanto, a medida que la red se descarboniza, la opción eléctrica mejora su balance ambiental sin modificar el equipo.
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En pisos sin acometida de gas, una caldera eléctrica evita obras de chimenea y trámites de alta de combustible. También es adecuada en segundas residencias, donde el uso es esporádico y se valora la inmediatez y el bajo mantenimiento. En viviendas con autoconsumo, el aporte solar reduce el coste efectivo de calefacción, especialmente en entretiempo.
Aspectos a vigilar:
Depende de la demanda térmica y del aislamiento. El consumo aproximado es potencia efectiva (kW) por horas de funcionamiento. Reducir la temperatura de impulsión, mejorar la envolvente y aprovechar tarifas valle disminuye notablemente el coste mensual.
Como orientación general: 60-80 W/m² en viviendas bien aisladas y 80-100 W/m² en climas fríos o edificios antiguos. Un estudio térmico afina el cálculo considerando orientación, infiltraciones y emisores.
Sí. Funciona con radiadores y con suelo radiante. Si los radiadores son pequeños, quizá sea necesario trabajar a temperaturas más altas. Ajustar caudales, purgar y equilibrar el circuito mejora el rendimiento y el confort.
Menos que las de gas: no hay quemador ni chimenea. Aun así, conviene revisar anualmente presión, vaso de expansión, válvula de seguridad, estado de la bomba y purgado de aire. En equipos con ACS acumulada, controlar el ánodo si procede.
Las calderas eléctricas aportan simplicidad, seguridad, silencio y alta eficiencia de conversión. Son especialmente interesantes en viviendas con baja demanda, buena gestión de horarios y posibilidad de autoconsumo. Las de gas siguen siendo competitivas en consumos elevados y redes existentes. Elegir bien pasa por evaluar demanda, potencia disponible, emisores y costes energéticos presentes y futuros en el hogar.

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